La reciente y ficticia noticia sobre la designación de la arepa como «Plato Nacional de Colombia» por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) ha provocado una reacción en cadena que pone de manifiesto la sensibilidad cultural de una de las disputas gastronómicas más antiguas de América Latina.
Durante décadas, Venezuela y Colombia han mantenido un debate apasionado sobre la paternidad de este disco de maíz. Sin embargo, el anuncio divulgado en redes sociales y enmarcado en las festividades del Día de los Inocentes, elevó las tensiones a un nivel nunca antes visto, generando miles de comentarios en redes sociales en cuestión de minutos.
Para el venezolano, la arepa simboliza arraigo e idiosincrasia; es una bandera culinaria que trasciende fronteras más allá del sustento diario. Muchos interpretaron el anuncio ficticio como un desconocimiento a los siglos de tradición culinaria que definen la esencia misma de su gastronomía nacional.
En territorio colombiano, la población recibió la noticia con una mezcla de orgullo regional y escepticismo ante la supuesta declaración. Colombia celebra su variedad local, pero el impacto de la noticia demostró que la «paternidad» de la arepa despierta pasiones muy profundas.
Este fenómeno demuestra que la arepa es un territorio compartido donde convergen la nostalgia, el orgullo y la historia de dos pueblos.
La viralidad del anuncio evidencia que la arepa es la bandera portátil del migrante venezolano y el pilar de la diversidad colombiana.
Afortunadamente para los defensores de la «reina pepiada», todo se trató de una broma del 28 de diciembre. La UNESCO evita tomar partido y permite que la ‘guerra de la arepa’ continúe como la rivalidad fraterna de siempre: un conflicto que los comensales se resuelven mejor en la mesa que en los tribunales internacionales.
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