Hay voces que no solo se escuchan en una esquina, sino que se quedan a vivir en la memoria de un barrio. En el corazón de La Pastora, entre casas coloniales y calles empinadas, el grito de «¡Melcochita capachera!» no es una simple venta ambulante: es el eco de casi 53 años de entrega, amor por la familia y la paciencia infinita de Don Francisco Augusto Santos Suárez.
A los ocho años, cuando las manos todavía son pequeñas para moldear la vida, Francisco aprendió a amasar el papelón de la mano de sus padres.
Lo que nació en el calor del hogar como una tradición para endulzar la mesa familiar, con el tiempo se transformó en su motor de vida, su identidad y el refugio desde donde le rindió homenaje a su madre en cada jornada.
Con su sombrero de cogollo, su liqui-liqui blanco e impecable y el bastón de madera cargado de melcochas doradas, Francisco ha visto pasar el tiempo en La Pastora. Camina pausado, pero con la frente en alto y una sonrisa firme que regala a cada transeúnte.
Por sus manos han pasado generaciones enteras: niños que corrieron hacia él con una moneda en la mano y que hoy, convertidos en ingenieros, médicos o profesores, se detienen a abrazarlo con lágrimas en los ojos al descubrir que su melcochero de la infancia sigue allí, intacto, cuidando el mismo rincón.
Para Don Francisco, sostener ese bastón no es un trabajo pesado; es un pacto de gratitud con la providencia y con la memoria de su madre, a quien lleva presente en cada paso. Su pregón no es solo un llamado comercial, es su grito de guerra, su forma de decirle a Caracas que la honestidad, la tradición y el cariño sincero aún caminan por sus aceras.
A punto de cumplir 53 años en este oficio, Francisco Santos no solo vende melcochas: regala pedacitos de nostalgia, abraza la infancia de miles de caraqueños y demuestra que el verdadero patrimonio de una ciudad se lleva en el corazón.


