Dormir menos de siete horas por noche se ha convertido en el segundo factor conductual más peligroso para la muerte prematura en Estados Unidos, según un nuevo estudio de la Universidad de Salud y Ciencias de Oregón que analizó datos de 3.143 condados entre 2019 y 2025.
La investigación reveló que la privación crónica del sueño tiene un impacto más nocivo sobre la esperanza de vida que el desempleo, la inactividad física o la falta de seguro médico.
Los autores compararon el porcentaje de residentes que dormían menos de siete horas diarias con las cifras oficiales de longevidad, ajustando por nivel de ingresos, educación, acceso a la salud y tasas de desempleo. El resultado fue una correlación “consistente y alarmante” en casi todos los estados.
El tabaquismo presentó el coeficiente negativo más severo (-0,31), pero la falta de sueño registró un preocupante -0,17, ubicándose por encima de otros riesgos ampliamente reconocidos. “No esperaba que estuviera tan fuertemente correlacionado con la esperanza de vida”, afirmó el autor principal, doctor Andrew McHill.
Los análisis adicionales mostraron que el sueño también actúa de manera indirecta sobre la mortalidad. Al incorporar datos de enfermedades crónicas, el coeficiente de pérdida de sueño disminuyó, pero siguió siendo significativo, lo que indica que la privación del sueño es un detonante de condiciones como obesidad y diabetes que terminan reduciendo la longevidad. “Las personas deberían esforzarse por dormir entre siete y nueve horas”, subrayó McHill.


